Todos somos aprendices en democracia
Entrevista con Pierre Rosanvallon

Las democracias modernas se enfrentan a una paradoja esencial: los votantes eligen periódicamente a dirigentes que representan intereses particulares, pero éstos deben a su vez dedicarse a tutelar el bien común de toda la sociedad. Pierre Rosanvallon, historiador de la política y de la democracia, se ocupa de analizar ésta y otras aporías de los regímenes democráticos. Con motivo de la publicación en nuestro país de su libro La legitimidad democrática, respondió algunas preguntas acerca de los problemas propios de las sociedades contemporáneas.

¿Cómo se ha modificado el concepto de democracia en el siglo XX? La democracia nunca ha sido una cosa acabada. No puede ser otra cosa que una experiencia viva, un proyecto de emancipación siempre amenazado o discutible. La democracia constituye a lo político como un campo abierto justamente por las tensiones y las incertitudes que la sostienen. Lejos de corresponderse con una simple incertidumbre práctica propia de su puesta en obra, el sentido fluctuante de la democracia participa profundamente de su esencia y evoca un tipo de régimen que no ha dejado de resistirse a una categorización indiscutible. De allí procede, por otra parte, la particularidad del malestar que sostiene su historia. El cortejo de decepciones y el sentimiento de las traiciones que la han acompañado siempre ha sido tanto más vivo en la medida en que su definición no ha dejado de ser incompleta. Es necesario partir de este hecho para comprender la democracia: en ella se enredan la historia de un desencantamiento y la historia de una indeterminación. Ella no ha dejado tampoco de ser marcada por las perversiones y las pretensiones (como en los regímenes totalitarios) por cumplirla.

Usted habla de la “arrogancia” occidental frente a la naturaleza de los problemas de la democracia. ¿Podría desarrollar ese argumento? Luego de la Segunda Guerra Mundial, menos del 20% de los países podían ser considerados como democráticos, en el sentido (mínimo) de regímenes cuyos gobiernos habían sido elegidos en el marco de una competición electoral verdaderamente abierta entre partidos. Los valores y las instituciones democráticas eran, por otra parte, fuertemente impugnados desde diversos sectores, acusados por unos de no ser más que mistificadores y puramente formales (la retórica comunista) y, por otros, de no estar adaptados a las sociedades poco desarrolladas y de dejar el campo libre a la manipulación demagógica de las masas (la retórica conservadora). La realización del interés general y la instauración de la democracia aparecen así disociadas desde varios sectores. Por otra parte, los países occidentales sostenían a menudo un doble lenguaje que se negaba casi siempre a aplicar en sus colonias aquello de lo que pretendían enorgullecerse en casa. Esta situación fue modificada por tres grandes olas de cambios. En primer lugar, el movimiento de descolonización de los años sesenta: decenas de países recientemente independizados, particularmente en el continente africano, adoptaron entonces instituciones democráticas en diversos grados. A partir de los años setenta y ochenta, el derrumbe de un cierto número de dictaduras, en Europa (España, Grecia, Portugal), luego en América Latina (Brasil, Argentina, Chile) y en Asia (Indonesia, Filipinas) fortaleció enormemente el campo democrático. Finalmente, el desmoronamiento de la URSS y de sus satélites luego de la caída del Muro de Berlín en 1989 extendió ese movimiento, que luego ha continuado.

¿Cómo se ha modificado el concepto de democracia en el siglo XX? A comienzos de este siglo, los regímenes democráticos han devenido dominantes en el globo. Es la ausencia de democracia la que a partir de allí es considerada por todos como un problema. La “promoción” de la democracia se impuso en este contexto como un nuevo ideal que tiene como fin cumplir las conquistas precedentes universalizándolas. La promoción de la democracia ha tenido en lo sucesivo sus técnicos y sus profetas, y sus programas, campañas y congresos. En la cumbre anual llevada a cabo en Viena el 21 de junio de 2006, los Estados Unidos y la Unión Europea subrayaron en esta perspectiva que “reconocían el avance de la democracia como una prioridad estratégica para nuestro tiempo”. Pero esta afirmación fue acompañada por un profundo desconcierto causado por la evolución de la situación en Afganistán y, más aún, en Irak. Una cierta arrogancia occidental y una cierta ceguera sobre la naturaleza y los problemas de la democracia han comenzado a sistematizarse dramáticamente en este contexto.

¿Ceguera? Es la palabra correcta. La historia de estos últimos treinta años ha sido vivida en el mundo occidental bajo el presupuesto de que la democracia era un bien que se poseía, que había sido adecuadamente teorizada y realizada por Occidente. El hecho de tener que conceder que la India era “la más grande democracia del mundo” no bastaba para desgastar esta certitud y para hacer salir a Occidente de su egocentrismo. Interrogarla, es decir, denunciar la diferencia entre la realidad y el ideal, notar lo incompleto de una promesa, ha conducido al mismo tiempo a cruzar el Rubicón y a adoptar el catecismo contrario del relativismo. Las impaciencias y los rechazos que han alimentado a los estudios post-coloniales, de este modo, han encontrado en la pretensión occidental su motor y su justificación. Ceguera de sí mismo del Occidente y profesión de un relativismo protector han progresivamente construido un sistema. Hoy es urgente romper este encadenamiento empobrecedor, pues es el motor de todas las confusiones y de todos los abandonos. Es por esto que el objetivo de una promoción de la democracia sólo podrá tener un sentido verdadero si el mundo occidental retorna sobre las indeterminaciones y los problemas de su propia experiencia democrática. La idea de un universalismo cerrado del modelo debe así dejar paso a un universalismo abierto de la confrontación de las experiencias.

¿Considera entonces que hoy falta debate sobre el concepto mismo de democracia? Sí. Hoy sufrimos una falta de reflexión intelectual sobre la democracia. Sólo podemos esperar hacerla progresar y volver a los ciudadanos más activos si tenemos en cuenta las contradicciones y las resistencias que pueden sostenerla, así como también las perversiones e ingenuidades que han acompañado su historia. Para pensar bien a la democracia y hacerla avanzar, es necesario restituirle su fragilidad y su carácter problemático. En un país como los Estados Unidos, la democracia ha terminado por devenir un cuasi objeto de fe, expurgada de las interrogaciones radicales que deberían sostenerla, vaciada de su potencial subversivo. La institución de la democracia como dogma moral ha sido acompañada en EE.UU. por la negación de su contenido social, por la disimulación de sus dificultades y de sus aporías. Su enrolamiento en actividades misionarias no ha dejado, a la vez, de enraizarse en una buena conciencia tan ingenua como difícil de desraizar. Así se ha formado la primera figura de un universalismo occidental cerrado en sí mismo: un universalismo dogmático-religioso. La buena conciencia, la ceguera y la brutalidad misionaria se han desplegado sobre sus huellas. El caso norteamericano ilustra de manera casi ideal-típica esta primera manifestación de un universalismo democrático de clausura.

¿Y qué sucede en el caso de Francia? La experiencia francesa ha sido marcada por otro tipo de universalismo, al que podríamos llamar universalismo retórico-formalista. Es un universalismo de la abstracción. Su fuerza no reside tanto en su contenido como en su mensaje y en la fuerza de la crítica que puede alimentarse de éste: se organiza alrededor de valores y no de instituciones. En él triunfa la idea de la libertad y de la democracia. Podría decirse de este segundo universalismo de clausura que remite a una cultura política plena y a una forma política vacía. Es un universalismo generoso, pero replegado sobre la contemplación satisfecha de una historia encantada; habiendo expulsado sus demonios y sus problemas, se ha perdido en un culto extremo de la generalidad. Es un universalismo en el que la abstracción alimenta a la ausencia de cuestionamientos.

¿Tienen estos dos modelos algo en común? Estos dos universalismos cerrados tienen la característica común de estar fundados sobre la negación de las tensiones y de las indeterminaciones estructurantes de la idea democrática. Han dejado de lado el complejo conjunto de equívocos y de conflictos que han acompañado la historia de las democracias occidentales. En primer lugar, los conflictos sociales que han signado la historia de la conquista del sufragio universal. Pero también los equívocos intelectuales que no han dejado de alimentar las interrogaciones sobre la naturaleza de la democracia.

¿Cuáles son las políticas e instituciones que permiten salir de estos dos universalismos cerrados? Salir de la clausura significa reemplazar la idea de democracia- modelo por la de democracia- experiencia. Esto implica “desoccidentalizar” nuestra mirada, adoptar una actitud comparativa, abierta a partir de las experiencias de emancipación, de participación, de deliberación. Comparar implica desprenderse de las certitudes, resistir frente a las evidencias, aceptar ver modificado el saber propio de las cosas. Comparar es siempre partir una diferencia que genera problemas como palanca del pensamiento. Comparar es entonces, necesariamente, romper con las visiones dominantes y perezosas. Comparar es, a este precio, darse la posibilidad de comprender mejor la situación propia, adquirir un su plemento de inteligibilidad sobre sí. En la comparación se unen el conocimiento más profundo de los otros y la mejor comprensión de sí mismo. Teniendo en cuenta la diversidad de las experiencias no occidentales, en primer lugar. Restituyendo, luego, a las diversas historias occidentales su carácter problemático. Sólo la democracia concebida como una experiencia abre la puerta a un universalismo real: un universalismo experimental. Reconociendo que todos somos aprendices en democracia, se puede instaurar un diálogo político mucho más abierto, ya que es igualitario, entre las naciones.

¿Cómo puede darse entonces esta universalización abierta de la democracia? La democracia es un objetivo a realizar: estamos todavía lejos de la constitución de una sociedad de iguales y de un dominio colectivo de las cosas, no es un capital que ya poseamos. No son tradiciones, religiones, filosofías hostiles las que se intenta hacer cohabitar en la tensión (el “choque de civilizaciones”) o en la indiferencia (el pluralismo como relativismo). No es tampoco en el terreno utópico de una conversión a una misma religión política que el mundo podrá encontrar el camino de una unidad mayor. El único universalismo positivo es un universalismo de los problemas y de las preguntas, que todos deben resolver en concierto. Solamente sobre esta base el reconocimiento de valores comunes puede tener sentido.

¿Podría describir los esfuerzos actuales por combatir la creciente concepción “no-política” de la democracia? Efectivamente existe en la actualidad un peligro de despolitización de la democracia. El rechazo de los juegos políticos es comprensible, pero no debe conducir a una ideología del consenso. La democracia debe hacer convivir dos exigencias: la de la organización periódica de una elección entre personas y programas fuertemente diferenciados, por un lado, y la de la puesta en acción de instituciones garantes del interés general situadas por encima de esas diferencias, por el otro. La democracia como régimen apela de este modo al pleno ejercicio de la oposición entre partidos políticos, invita a realizar elecciones y organiza el hecho de que un partido se imponga sobre otros. En este sentido, ella reconoce y valoriza los conflictos: conflictos de ideas, pero también conflictos de intereses, oposiciones de clase. La democracia plantea de este modo permanentemente la cuestión de la división entre ricos y pobres en la sociedad. Pero la democracia como forma de sociedad descansa sobre el desarrollo de instituciones reflexivas e imparciales. El peligro es querer confundir los dos registros. La institucionalización del conflicto y las instituciones del consenso deben coexistir en una democracia bien ordenada.