La forma espuria
Entrevista con Pablo Siquier

Las últimas obras de Pablo Siquier tienen un fuerte componente arquitectónico. Son dibujos de grandes estructuras compuestas por decenas de miles de líneas replegadas sobre las dos dimensiones de un muro. En verdad, la arquitectura estuvo siempre presente en su vida. Educado en una época en que las diferentes censuras visibles o encubiertas dejaban poco espacio para el arte que escapaba a las normas más convencionales, Siquier se dedicó a mirar la ciudad. Y en sus edificios halló infinidad de elementos que referían a esa estética y a sus dispositivos ideológicos.

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Así, las vanguardias arquitectónicas lo introdujeron en un nuevo mundo formal imposible de ocultar. Y en la confluencia de los infinitos estilos que constituyen el patrimonio urbano de Buenos Aires, en el rostro múltiple que asumió la ciudad en su crecimiento, se formó Siquier.

“Estoy cruzado por la historia de Buenos Aires –dice–. En ese sentido no me siento un artista ‘internacional’. Pero la ciudad está alimentada por una gran cantidad de proyectos utópicos europeos que aquí se dejaron por la mitad debido a los cambios de gobiernos o en la misma sociedad. Mi formación fue un poco así. Esos procesos de traducciones espurias y enfermas siempre me atrajeron. Acaso si mi trabajo tiene un tema es ése: la mezcla, la traducción incorrecta, la interpretación falaz, los equívocos estilísticos y conceptuales a los que en nuestra condición de habitantes de un país periférico estamos sometidos”.

Desde hace algunos años, Siquier trabaja con una técnica particular. En esta línea de cruces e interferencias combina la tecnología con la más primordial técnica de dibujo. En efecto, la serie de obras que expuso por primera vez en la galería Ruth Benzacar en 2003 y que llevó a la Bienal de San Pablo del año siguiente, está compuesta por dibujos en 3-D realizados en la computadora con un programa de diseño de última generación. Pero éstos no son presentados en su formato original, sino proyectados a gran escala sobre una pared –algunos llegaron a tener cinco metros de alto por 10 de ancho– y allí son reproducidos en carbonilla.

De ellos, comenta Siquier: “Los hago a partir de un boceto muy preciso generado en la computadora, pero cuando los traslado a la pared lo hago en carbonilla y con un trazo bastante rápido, erróneo. Visto a la distancia, se conserva la exactitud del diseño 3-D; cuando uno se acerca, ve que son trazos imprecisos, casi expresivos”. Las obras resultantes condensan esa propiedad espuria que tanto interesa al artista. En ellas se combinan la frialdad de las complejas estructuras con la vitalidad del trabajo manual. Quizás en ese sentido recuerden al doble impacto que la ciudad le provoca: influencia formal, pero también influencia afectiva.

Ciertamente, para el artista, la ciudad es el gran tema del arte actual. “El arte contemporáneo es un comentarista de la ciudad. Lo que todos los artistas hacemos es comentar de alguna manera lo que ocurre en la ciudad, que es como la gran obra de la cultura actual. Si la catedral gótica era el producto que sintetizaba la cultura de su época, que concentraba todo el conocimiento y los temores absorbiendo el trabajo de varias generaciones, ese rol lo cumple hoy la gran ciudad. La urbe moderna es tan compleja que permite que infinidad de artistas diferentes tengan algo que decir sobre ella”.

Publicado en Revista Ñ en agosto de 2005 | Ver archivo PDF