Donde la naturaleza reina
Entrevista con Corey Arnold

El trabajo del fotógrafo norteamericano Corey Arnold incluye algunas imágenes que parecen salidas de la colección de un museo del arte romántico. En otra parte de su producción, al contrario, se impone la mirada cientificista propia de los reportajes de National Geographic. Pero además, tiene varias fotos que se separan de estas dos tendencias y se ajustan al más estricto canon de la ironía posmoderna. Quizás esta heterogeneidad provenga del hecho de que Arnold trabaja como pescador comercial en los mares de Alaska, lo que le permite desarrollar una estética muy particular, un tanto ajena a los cánones convencionales de la fotografía contemporánea. Con él conversamos acerca de su experiencia en uno de los ambientes más extraños del planeta.

¿Podrías contarme acerca de tu infancia? ¿Dónde creciste? ¿Cuándo empezaste a pescar y a tomar fotografías?

Crecí en el sur de California y mi padre era adicto a la pesca. Salíamos al mar casi todos los fines de semana buscando tiburones, atunes y otros peces. No lo hacíamos por trabajo sino por placer y siempre teníamos en nuestro garaje un montón de freezers llenos de pescados. Además, mi padre fotografiaba meticulosamente todas esas salidas. Tengo una foto de cada uno de esos viajes en la que estamos los dos sosteniendo nuestra pesca. Ese interés por la fotografía lo llevó a comprarme una cámara de 35mm Pentax K1000 cuando yo tenía unos once años. Y así comenzó mi interés por la fotografía.

Corey Arnold Photography Alaska

¿Y cómo estos dos hobbies se transformaron en una profesión para vos?

Eventualmente mi padre y yo empezamos a hacer viajes a Alaska a pescar salmones y fletanes. Yo todavía era un adolescente, pero allí descubrí la industria de la pesca comercial. ¡Por primera vez, mi sueño infantil de vivir de la pesca parecía posible! Y además estaba toda la excitación que implicaba navegar los severos mares de Alaska y experimentar un mundo que pocos siquiera pueden imaginar, esta vez no como un turista. Entonces, cuando cumplí 19 años, luego de mi primer año en la universidad, me fui con un amigo en auto hasta Alaska y me enrolé en la tripulación de un barco pesquero de salmón en la Bahía de Bristol. Inmediatamente me enamoré del trabajo y volví un verano tras otro a pescar salmón. Y, mientras tanto, continuaba estudiando fotografía en la Academia de Arte de San Francisco.

Luego de graduarme, la economía se encontraba en recesión y no había demasiadas posibilidades de vivir de la fotografía. Así que decidí volver a Alaska y buscar un trabajo en alta mar donde pudiera ganar más dinero. Mi primer laburo fue en 2002, pescando bacalao en el Mar de Bering a bordo de un barquito de 43 pies. El capitán de ese barco también conducía un barco de cangrejos. A él le gustaba el modo en el que yo trabajaba y me ofreció un puesto en su navío Rollo, que era mucho más grande. A bordo del Rollo empecé a pensar seriamente en tomar fotografías de la experiencia. Me pasé siete años trabajando como marinero de cubierta, pescando cangrejos de diferentes tipos y sacando fotos siempre que tenía un minuto de tiempo libre.

¿Cuánto tiempo llevan estos viajes? ¿Son muy largos?

Las salidas de pesca de cangrejo pueden durar entre cinco y quince días, dependiendo de si el tiempo y la pesca están bien o no. Yo paso entre diez y dieciséis semanas por año pescando en Alaska.

¿Y cómo es el ambiente arriba del barco? ¿Tenés amigos ahí afuera?

Mirá, la pesca de salmón es un trabajo muy duro y yo me consideraba un pescador experimentado; pero cuando empecé a pescar cangrejos tuve que lidiar con muchas burlas de los otros miembros de la tripulación. Los cangrejeros piensan que son la gente más ruda del mundo y no tienen miedo de probarlo. Particularmente, había un tipo que creo que se sentía desafiado por mi juventud. Tenía diez años más que yo y se pasaba el día intimidándome. Nunca reconocía mi trabajo y me hacía la vida lo más difícil posible desde el punto de vista psicológico. Este es el procedimiento estándar en un barco de cangrejos y hay un momento en el que tenés que probar tu fortaleza. A mí me llevó un par de años poder cumplir todas las tareas de cubierta a la velocidad con la que lo hacían los más experimentados. Y recién entonces me gané su respeto, trabajando más duro que los demás: en el ámbito de la pesca comercial te ganás el estatus siendo el trabajador más esforzado.

¿Cuáles son los peligros más grandes que enfrentás en alta mar?

Creo que el mayor peligro en el mar es ser aplastado por un recipiente repleto de cangrejos, ya que, cuando están llenos, pueden pesar hasta casi 700 kilogramos. Imaginate que, cuando el mar está fuerte, son como esas bolas gigantes de demolición pero los tenés que controlar con tus manos y ubicarlos en su lugar en la cubierta.

El Mar de Bering es uno de los lugares más violentos e impredecibles de la Tierra: nos enfrentamos con olas de entre tres y seis metros todos los días. A veces, llegan a ser de quince metros. Ser barrido por una ola es también algo posible, algo que ocurre.

¿Cómo lidian con la soledad y el aislamiento?

Es un trabajo muy riesgoso pero parece que también es muy emocional… Después de todo, te encontrás en un pequeño barquito apartado del mundo. La mayoría del tiempo trabajamos a un ritmo muy rápido. Hay que permanecer enfocado en todos los riesgos que tenés a tu alrededor. Trabajamos un promedio de 18 o 20 horas por día, así que no hay demasiado tiempo para que la soledad te alcance. Además, siempre somos cinco o seis trabajando juntos en el barco y, con el tiempo, nos hemos transformado en algo así como una familia. Eso nos permite hablar de nuestros problemas y frustraciones, de nuestras vidas más allá del barco. A veces es solitario, pero encontramos modos de divertirnos, leemos mucho, miramos películas… así pasamos el tiempo cuando no estamos en la cubierta.

Corey Arnold Photography Alaska

¿Y cómo encontrás la belleza de tus imágenes en un clima tan hostil?

El clima es brutal, frío, ventoso e impredecible. El agua constantemente golpea la cubierta y es una pesadilla para mi cámara, ya que la sal lastima mucho los lentes. Pero es muy poderoso experimentarlo, hay una gran belleza en este clima. Además, hay cientos de aves marinas que nos acompañan en nuestro viaje. Siempre están presentes, esperando que se caiga algún cachito de carnada y ocasionalmente posándose sobre la cubierta. Son una compañía muy bienvenida y es increíble cómo sobreviven en el medio del mar, a cientos de millas del refugio más cercano y en uno de los peores climas del planeta. Ese es parte del encanto de trabajar en el Mar de Bering.

En la ciudad, es fácil ver el impacto nocivo de la intrusión humana en la naturaleza; pero en Alaska, la naturaleza reina y la huella de los seres humanos es mínima en comparación con la vastedad del territorio. Me gusta mucho ese sentimiento de vulnerabilidad e intento capturarlo en mis fotografías.

Tus imágenes parecen oscilar entre lo sublime –el poder de la naturaleza y la pequeñez del hombre en ese entorno– y lo irónico –pienso en esas escenas donde se ve a todos ustedes jugando con los pescados. ¿Trabajás sobre esas ideas deliberadamente?

Sí, en mi trabajo me gusta variar para brindarle al espectador una experiencia más grande de cómo es la vida a bordo de un barco pesquero. Hay muchas bromas entre la tripulación, por lo que jugar con los pescados de vez en cuando es bastante normal. Me interesan los momentos únicos, las criaturas extrañas que aparecen, las aves y todos los personajes que trabajan juntos en ese paisaje surreal, alejados del confort en el que se encuentra el espectador. También me gusta encontrar momentos curiosos que no necesariamente tienen una razón de ser: suceden cosas en el mar que son realmente muy difíciles de explicar. Pienso que mostrar esas variaciones en una galería o un libro hace que la experiencia del espectador sea más completa.

Estuviste hace unos meses en Argentina y Chile… ¿Qué estás haciendo este año?

Sí, recién estoy de regreso, ¡me encantó! Tomé mate con los gauchos en la Patagonia y pasé la Navidad en Buenos Aires. Es una parte del mundo muy bella. En un próximo viaje, me gustaría explorar sus comunidades pesqueras. Ahora soy el dueño de un barco y pesco salmón en Alaska dos meses por año. Estoy trabajando cada vez más en la serie “Graveyard Point”, que incluye retratos y acontecimientos del campamento de salmón en el que vivo y trabajo.

Corey Arnold Photography Alaska

Corey Arnold Photography Alaska

Publicado en Revista Pul en abril de 2013 | Ver archivo PDF