Un camino de salida
para el atolladero del arte contemporáneo

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Hace un tiempo recomendé aquí el libro de Yves Michaud El arte en estado gaseoso. Ensayo sobre el triunfo de la estética, una lectura imprescindible para cualquier persona interesada en el arte contemporáneo. El texto es realmente muy agudo y, especialmente la sección “Pequeña etnografía del arte contemporáneo”, contiene algunas descripciones bastante críticas de la situación actual del mundo del arte, que no se detienen sólo en el problema de la mercantilización de la producción y distribución de las obras de arte (uno de los tópicos preferidos de los comentaristas) sino que avanzan sobre algunos otros aspectos más profundos.

Uno de los problemas que Michaud identifica en el arte actual es el siguiente: “Tenemos la extraña sensación de que el arte contemporáneo trabaja con muchísimo esfuerzo pero discretamente para hacer hermético el acceso a experiencias al fin de cuentas triviales y tan comunes como apretarle la mano a alguien, darle limosna a un mendigo, intercambiar una mirada con una mujer, mirar en el vacío o aburrirse o sufrir un ataque de risa primero comunicativa y después nerviosa”.

Lo paradójico de esta operación, más allá del esnobismo de sus contenidos, se encuentra para Michaud en la voluntad de generar un ámbito exclusivo para iniciados (los conocedores del código artístico contemporáneo) a partir de un conjunto de experiencias que cualquier persona vive en su vida cotidiana, pero que fuera del museo o la galería de arte aparecen desprestigiadas e ignoradas, incapaces de asumir el halo mágico de la “obra de arte” otorgado por la bendición del curador-publicitario.

Una salida interesante para este dilema se encuentra en el libro de Martin Seel Estética del aparecer [aquí una reseña más detallada del libro que escribí para la edición impresa de Ñ]. Si bien Seel no se ocupa de mencionar a Michaud, un contrapunto de las ideas de ambos parece provechoso.

Seel parte de la noción clásica de “estética”, que engloba todo lo relativo a los sentidos y que ubica a la filosofía del arte como una de sus ramas, ni exclusiva ni prioritaria: la que se ocupa específicamente de las obras artísticas. Su análisis recupera entonces situaciones en las que vivimos experiencias estéticas (al caminar por la calle, al observar los edificios, el tipo de escenarios señalados por Michaud) ajenas al arte. “Podemos responder de forma estética a todo y a cada cosa que está presente de algún modo a los sentidos; o podemos abstenernos de ello”, escribe Seel. “Podemos leer un texto como un cúmulo de información o como una constelación de signos del lenguaje y de otros signos. Podemos reunirnos en el café para urdir una conspiración, o dejar que su atmósfera nos inunde. Podemos experimentar la visita a la peluquería como un servicio bastante costoso, o disfrutarla como una función alejada de la vida cotidiana”.

Este planteo, al romper con la exclusividad para iniciados del mundo del arte, que amenaza con devorarse el mundo completo de nuestras experiencias, parece marcar un posible camino de salida del atolladero teórico propuesto por Michaud, a través de la recuperación crítica de una noción clásica de experiencia estética. Habrá que transitarlo para ver hasta dónde llega.