Cine de autor

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El periódico Le Figaro publica en estos días un artículo con el título ¿Qué queda de la Nouvelle Vague cincuenta años después? Me parece que el mejor punto del texto es no poner el énfasis exclusivamente en una nostálgica evocación de un cine estereotipado como “utópico” y “libertario”, sino en rescatar los aspectos técnicos del asunto: “la aparición de cámaras livianas, de películas más sensibles, la toma de sonido sincronizado”, elementos que permitieron la realización del nuevo estilo. Es interesante que se ponga de relieve que es una transformación técnica la que hace posible la emergencia de esa nueva sensibilidad, la que, de alguna manera, genera lo que se ha llamado “cine de autor”. Por lo demás, no aporta mucho, excepto una crítica sumamente injusta.

La respuesta del cronista francés –bastante ampulosa y extraña, si pensamos en algunas increíbles películas del período–a la pregunta que encabeza la nota: “una carreta de improbables bodrios insoportables que deben enmohecer hoy en la Cinemateca; algunas tomas de posición políticas azarosas –recordemos la palabra de los situacionistas a finales de los sesenta a propósito de Godard como ‘el más tonto de los suizos pro-chinos”–, algunos cambios de ropa (los últimos films de Truffaut son “pequeñoburgueses”, según la opinión de aquellos a los que él mismo había denunciado años atrás), un gran productor (Georges de Beauregard), técnicos (Raoul Coutard, André Weinfeld), actores (Belmondo, Brialy, Léaud…) y actrices (Jean Seberg, Anna Karina, Bernadette Lafont, Jeanne Moreau…), pero sobre todo, sobre todo, la nouvelle vague ha dejado a su paso una libertad, una eterna juventud, una mirada fresca sobre las cosas de la vida, una fatal belleza plástica, como una lenta rompiente que iba morir sobre los guijarros, perdón, la playa, de mayo del ‘68”.

Por su parte, Jorge Carnevale comienza su columna de esta semana de la edición impresa de Ñ con la siguiente idea: “Hasta los años 60, la gente iba al cine a entretenerse, a pasarlo bien. (…) Después llegó el cine de autor y se complicó todo. Irrumpió el cine de arte y ensayo, de ‘expresión’”. He aquí una gran verdad: no me refiero a lo de “se complicó todo”, ni a la datación utilizada, ni a la velada inferencia de que no se va al cine hoy a “pasarla bien”, sino a estas seis palabras: “después llegó el cine de autor”. Es decir, antes no había cine de autor. Sólo retrospectivamente, David Wark Griffith fue considerado un “autor”, en el sentido de lo que entendemos hoy por esa palabra. Lo mismo vale para los Lumière o para Georges Méliès.

Sin dudas, el cine es más heredero de las ferias y los espectáculos circenses que del arte tal como se lo conocía a finales del siglo XIX. Tuvo sí, un período que se podría denominar “artístico”, cuyo origen podría ubicarse en las apropiaciones y manipulaciones surrealistas de la imagen cinematográfica y, prácticamente en paralelo, en los films del ciclo expresionista de Murnau y Lang, y el Caligari de Wiene, por supuesto. No estoy para nada convencido que estas dos tendencias constituyan un núcleo común con el “cine de autor” de los sesenta, pero sí de que en conjunto dan cuenta, al menos tangencialmente, de un intento por tratar al cine como un “arte”.

En realidad, en todas las disciplinas artísticas el ciclo “de autor” “llega después”. Pensemos si no en los orígenes de la pintura, la música, la poesía, e incluso la fotografía, completamente ajenos a la idea de “autor”. Queda por discernir entonces, si tanto para las artes plásticas como para el cine es ése en la actualidad un período terminado o no.