15 de julio de 1972, 15:32 hs

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El 15 de julio de 1972 a las 15:32 hs fue demolido el complejo habitacional de Pruitt-Igoe, diseñado y construido en la ciudad de St. Louis, EE.UU., por el arquitecto japonés Minoru Yamasaki 21 años antes. El predio constaba de 2870 departamentos repartidos en 33 edificios de 11 pisos cada uno y su realización se situaba en el marco de los programas federales de vivienda en el territorio norteamericano de pos-guerra. Según los cronistas, la destrucción del Pruitt-Igoe, que fue transmitida en directo por las cadenas nacionales de televisión, generó una gran expectativa, tanto por la espectacularidad del evento en sí, como también por la del fracaso de este tipo de políticas habitacionales. Para el crítico de la arquitectura Charles Jenks, este acontecimiento marca el fin de la arquitectura moderna y el comienzo del posmodernismo.

Pruitt-Igoe: 15 de julio de 1972, 15:32 hs

Pruitt-Igoe: 15 de julio de 1972, 15:32 hs

La tesis de Jenks ha sido citada y retomada por una infinidad de autores desde la aparición de su libro El lenguaje de la arquitectura posmoderna en 1977. En particular, me gustaría detenerme en dos libros en los que aparece mencionada: en primer lugar, La condición de la posmodernidad, de David Harvey; en segundo, Después de la gran división de Andreas Huyssen, ambos disponibles en ediciones en español.

El libro de Harvey, un recuento más o menos exhaustivo de los comentarios en torno al concepto de posmodernidad que circulaban a comienzos de la década de 1990, es un gran deudor de los artículos de Fredric Jameson recogidos en el volumen Posmodernismo, o la lógica cultural del capitalismo tardío. En esa línea, el autor se pregunta si “el modernismo representa una ruptura radical con el modernismo” o si, al contrario, “se trata simplemente de la comercialización y domesticación del modernismo”. Para contrastar estas dos opciones, Harvey se vale de las reflexiones de todo personaje que ande dando vueltas por la biblioteca, del Príncipe Carlos de Gales a Borges, de Foucault a Manet. Las secciones del libro dedicadas a la arquitectura son, a pesar de esta melange, bastante interesantes.

“A mi entender”, escribe Harvey, “el posmodernismo en el campo de la arquitectura y del diseño urbano significa, en grandes líneas, una ruptura con la idea modernista según la cual la planificación y el desarrollo debieran apoyarse en proyectos urbanos eficaces, de gran escala, de alcance metropolitano y tecnológicamente racionales, fundados en una arquitectura absolutamente despojada de ornamentos (las austeras superficies ‘funcionalistas’ del ‘estilo internacional’ modernista). En cambio, el posmodernismo cultiva una concepción del tejido urbano necesariamente fragmentada, un ‘palimpsesto’ de formas del pasado superpuestas unas a otras, y un ‘collage’ de usos corrientes, muchos de los cuales pueden ser efímeros”.

El caso de Pruitt-Igoe le sirve en este contexto para explicar cómo las ideas de Le Corbusier y el resto de los popes del “alto modernismo” cederían paso al nuevo tipo de arquitectura con las características señaladas.

El libro de Huyssen es de 1986 y plantea la misma discusión en estos términos: “el Modernismo se constituyó a partir de una estrategia consciente de exclusión, una angustia de ser contaminado por su otro: una cultura de masas crecientemente consumista y opresiva. Tanto la fuerza como la debilidad del modernismo en tanto cultura antagonista derivan de ese hecho (…) Mi hipótesis es que este proyecto ha cumplido su ciclo y está siendo reemplazado por un nuevo paradigma, el paradigma de lo posmoderno, que es en sí mismo tan diverso y multifacético como había sido alguna vez el modernismo, antes de que fuera cristalizado bajo la forma de un dogma”.

Aquí aparece nuevamente la interpretación de Jencks, para ilustrar como “la moderna maquina para vivir, como la definió alguna vez Le Corbusier, embebido de esa euforia tecnológica tan típica de los años veinte, se había vuelto inhabitable, y el experimento modernista, obsoleto”.

El debate modernidad-posmodernidad, infinidad de veces mencionado en las situaciones más impensables, vaciado de contenido por la multiplicación de apropiaciones burdas que se hicieron de él, desahuciado por la proliferación de terminologías que nadie entiende demasiado bien, encuentra así un terreno en el que gana en valor y concreción: la arquitectura. Sin dudas, la demolición de un edificio vale más que mil palabras.