Sobre el lenguaje y sus límites
Las escrituras ilegibles de Mirtha Dermisache

En el contexto argentino de fines de los sesenta y comienzos de los setenta, Mirtha Dermisache (Buenos Aires, 1940-2012) es una artista excepcional, cuya obra permite repensar desde nuevos ángulos las relaciones entre pintura y escritura, y las transformaciones ocurridas en la escena local con relación al surgimiento del arte de los medios y el conceptualismo en sentido amplio. Dermisache estuvo en contacto con las discusiones, los artistas y las instituciones más importantes de la época y, sin embargo, su obra no encaja completamente dentro de las corrientes principales que se establecieron en aquellos años.1 En una época marcada por el giro lingüístico en las humanidades y la consolidación de la hegemonía de los medios masivos, Dermisache trabajó sobre los límites de la comunicación en cuanto tal. En este breve artículo, examinaré el modo en que la obra de Dermisache se articula con algunas tendencias del arte argentino, comparando, por un lado, sus “escrituras ilegibles” con las “escrituras deformadas” y las caligrafías legibles de León Ferrari, y, por otro, su intervención sobre los formatos establecidos en los medios impresos con la utilización de éstos realizada por los artistas asociados al arte de los medios.

A primera vista, los libros de Dermisache podrían encuadrarse dentro de la tendencia de los libros de artista que comenzaron a proliferar simultáneamente en diferentes partes del mundo, incluida Latinoamérica, como una de las manifestaciones del creciente activismo político en el seno de la sociedad civil y de la experimentación formal y estilística que inundaba el mundo del arte. Al ser productos relativamente baratos de adquirir y de fácil circulación, los libros de artista fueron vistos como un medio para alcanzar una audiencia masiva, más allá del ámbito de los museos y las galerías de arte. Los libros de artista cuestionan los parámetros del mercado del arte y también las convenciones de la industria editorial, ya que configuran sistemas de signos complejos y novedosos que no se adaptan a los patrones establecidos de lectura. Estas características pueden encontrarse, al menos parcialmente, en la obra de Dermisache, quien abogaba por la experimentación formal y la circulación de su obra por fuera de los circuitos tradicionales. Sus libros, sin embargo, contienen elementos propios –algunos vinculados al personalísimo estilo de la artista, como el trabajo con escrituras ilegibles, y otros vinculados al contexto argentino, como la expansión del arte de los medios– que los separan de la imaginería comúnmente asociada a los libros de artista.

Dermisache realizó sus primeros dos libros en 1967. Originalmente fueron concebidos como un único volumen de unas 500 páginas, que por cuestiones prácticas fue dividido en ediciones separadas. Consideremos a los fines de este análisis el primero de ellos, titulado simplemente Libro N°1. La apariencia general es la de un libro estándar: el tamaño y la encuadernación dan la sensación de que nos encontramos frente a un objeto fácilmente identificable y extremadamente familiar. Llama la atención, sin embargo, la ausencia de un título y de toda referencia al autor en la tapa. Al abrir el volumen, esa leve advertencia da lugar a un profundo extrañamiento. No hay créditos ni índice; no hay capítulos, ni textos, ni fotografías, ni ilustraciones en el sentido tradicional, solo una primera página en blanco y luego una larga serie de escrituras asémicas que ocupan la totalidad del libro y que ni siquiera parecen tener una coherencia formal o estilística entre sí. Algunas páginas responden a la estructura formal de la escritura, incluyendo renglones, párrafos, saltos de líneas y espaciados. Otras carecen por completo de esas marcas y se acercan más explícitamente al dibujo libre, configurando estructuras circulares, de orientación vertical o diagonal, o totalmente abstractas e irregulares. A veces ocupan un espacio muy reducido y otras ocupan la página por completo. Los colores de las grafías varían entre sí y no parecen seguir ningún patrón reconocible. Estos signos “se alejan de la escritura”; sin embargo, “rehúsan acercarse a la plástica”.4 En ese espacio intermedio e indefinido, es el espectador el que debe completar la obra, intentando producir sentido entre la multiplicidad de posibilidades.

Dermisache trabajó en estas grafías durante varios años, y fue el filósofo y crítico francés Roland Barthes quien en 1971 las conceptualizó como “escrituras ilegibles”, una denominación que se volvería canónica para describir la obra de Dermisache. Aquel año, Barthes le envió una afectuosa carta en la que sostenía: “Me permito simplemente decirle cuán impresionado estoy, no solo por la gran calidad plástica de sus trazos (esto no es irrelevante), sino también, y sobre todo, por la extremada inteligencia de los problemas teóricos de la escritura que su trabajo supone. Usted ha sabido producir una cierta cantidad de formas, ni figurativas, ni abstractas, que se podrían ubicar bajo la definición de escritura ilegible, lo que propone a sus lectores, no solo los mensajes o las formas contingentes de la expresión, sino la idea, la esencia de la escritura”. “A partir de ese momento”, declaró retrospectivamente la propia Dermisache, “entendí lo que estaba haciendo. Para mi, fue como que él me explicaba a mí misma, lo que yo hacía”.

—Publicado el 14 de noviembre de 2018. Ver texto completo en post.at.moma. Click here for the english version.