Karl Löwith, antes y después de 1933


Publicado el

Un nuevo escándalo inundó los ámbitos académicos de habla francesa durante el año pasado actualizando una vieja polémica: la adhesión de Martin Heidegger al nazismo. La avalancha mediática comenzó con la salida al mercado del libro de Emmanuel Faye Heidegger. La introducción del nazismo en la filosofía, que generó una inmediata campaña en su contra en Internet. Como respuesta, un grupo de reconocidos intelectuales europeos y norteamericanos firmó una carta pública en la que se impulsaba "la investigación crítica sobre la obra de Heidegger y sus relaciones con el nazismo".

La discusión en torno al compromiso político del filósofo, sostenida en el siglo XX alrededor de una multitud de personajes —entre otros, Céline, Marinetti y Carl Schmitt—, cobra especial importancia en el caso de Heidegger, debido tanto a su propia estatura filosófica como a la excepcionalidad de las atrocidades cometidas por el Tercer Reich. La crítica de Faye se apoya en gran medida en los planteos realizados hace más de sesenta años por Karl Löwith, de quien acaba de publicarse en nuestro país la imprescindible selección de ensayos Heidegger, pensador de un tiempo indigente y una biografía escrita por el investigador italiano Enrico Donaggio con el título Una sobria inquietud.

De origen judío, Löwith estudió en Friburgo con Heidegger, quien dirigió su tesis de doctorado y habilitación, considerándolo su primer discípulo. A lo largo de algunos años, estableció con el "pequeño mago de Messkirch", como solían llamarlo en su círculo, una problemática relación que estallaría con la asunción por parte de Heidegger del rectorado de la Universidad de aquella ciudad en 1933. Esencialmente apolítico en su juventud, Löwith se vio superado por los hechos. El 16 de abril de ese año escribía: "No sé qué será aún de mí; políticamente no estoy ni en la derecha ni en la izquierda, sino más que nunca en medio de la filosofía, con Hegel y con cuantos vinieron después de él".

Al igual que muchos alemanes de su generación, Löwith se había formado en un ambiente intelectual muy particular. En una conferencia pronunciada en su madurez, recordó sus años de estudio en Friburgo: "Desde un punto de vista espiritual, todavía uno se nutre por completo de lo que se pensaba en aquellos años: La decadencia de Occidente de Spengler, la Carta a los romanosem> de Kart Barth, Ser y tiempoem> de Heidegger, Max Weber, Kart Jaspers, Stefan George, Hofsmannsthal, Rilke y Kafka".

Su interés por la obra de Marx, que le valiera múltiples condenas por "comunista", al igual que por la de otros autores, era, en realidad, un interés que consideraba absolutamente "filosófico" y desprovisto de toda consecuencia práctica: Marx, y también Kierkegaard, eran para Löwith los grandes exponentes del colapso de la filosofía hegeliana y, por lo tanto, podían ser estudiados estrictamente desde el punto de vista de la historia de las ideas. Esta posición independiente de los hechos políticos fue revisada como consecuencia del ascenso del nazismo al poder. La filosofía de Heidegger empezó a ser examinada entonces por Löwith en sus conexiones con los acontecimientos sociales.

La crítica de Löwith apunta al centro de la teoría de Ser y tiempo, a los problemas propios de las nociones de existencia y temporalidad tal como son trabajadas en ese texto y sus posibles consecuencias prácticas, sosteniendo que la filosofía de Heidegger coincide esencialmente con su actitud política. En el ensayo que da título al libro Heidegger, pensador de un tiempo indigente, afirma: "¿Cómo se podría trazar el límite, dentro de un pensamiento por completo histórico entre el auténtico suceder y aquello que sucede vulgarmente? ¿Y cómo se podría distinguir con claridad entre el destino individual elegido por uno mismo y los destinos colectivos no elegidos, que irrumpen en los hombres o los seducen a una elección y decisión momentáneas? ¿Y no es verdad que la historia vulgar se ha vengado de Heidegger con suficiente claridad, por su desprecio de lo que hoy es meramente ante los ojos, cuando lo sedujo en un instante vulgarmente decisivo a asumir, bajo el mando de Hitler, la conducción de la Universidad de Friburgo y transferir su resuelto y más propio Dasein (existencia) a un Dasein alemán, para practicar la teoría ontológica de la historicidad existencial sobre un suelo óntico del suceder realmente histórico, es decir, político?".

De la misma manera, en "El decisionismo ocasional de Carl Schmitt", sostiene: "La libertad para la muerte —con subrayado doble en Ser y tiempo—, por medio de la cual el Dasein en cada caso propio y aislado en sí mismo alcanza su poder-ser-total, se corresponde en el decisionismo político con el sacrificio de la vida por el Estado total en el caso de la guerra (...) Lo que en el horizonte del Dasein en cada caso propio aparece como la libertad para la muerte puede aparecer en el horizonte político de la comunidad nacional como el sacrificio de la vida por la nación".

Más adelante, refiriéndose al referéndum convocado por Hitler respecto de la salida de Alemania de la Liga de las Naciones: "¡El sí a la decisión de Hitler, Heidegger lo considera idéntico a la afirmación del propio ser!"

En su libro Mi vida en Alemania antes y después de 1933 afirma que "ningún otro filósofo ha orientado tanto la filosofía hacia la contingencia del hecho histórico como él y, por lo tanto, cayó en ella cuando llegó el momento decisivo. La posibilidad de la política filosófica de Heidegger no es el resultado de un desvío, que cabe lamentar, sino que parte del principio de su concepción de la existencia".

En una carta a Elisabeth Blochmann, Heidegger replica: "Löwith es excepcionalmente erudito e igualmente hábil para elegir y combinar las citas. De filosofía griega no tiene idea, porque le faltan las herramientas del oficio. Tiene cierto talento para la descripción fenomenológica. Dentro de este ámbito podía cumplir tareas legítimas. Pero desde hace mucho tiempo vive por sobre sus posibilidades. Del pensar no tiene idea alguna; acaso lo odia. Nunca he conocido a un hombre que viva de manera tan exclusiva del resentimiento, del ser anti".

Löwith se exilió en Italia en 1934. Allí estudió gracias a una beca para investigadores en ciencias sociales, un dato no menor para una persona que hasta ese momento proponía dedicarse exclusivamente a la filosofía. En ese país tuvo un encuentro con Heidegger que opacaría definitivamente las relaciones entre ambos. "Heidegger no se quitó el emblema del partido que lucía en la solapa, ni siquiera en esta circunstancia. Lo llevó durante toda su estancia en Roma y, por lo visto, no se apercibía de que la cruz gamada estaba fuera de lugar cuando estaba conmigo".

Dos años más tarde, se instaló en Japón, donde viviría bajo una permanente sensación de atracción y rechazo. El pensador apolítico había dejado paso a una profunda reflexión sobre las condiciones del surgimiento del nazismo y su relación con el pensamiento europeo: la crítica de la obra de Heidegger asumió en esos años la forma de un cuestionamiento del nihilismo como fenómeno moderno. La corriente que había inundado el centro del mundo "civilizado" y a la que había adherido apasionadamente hasta 1933 había llevado finalmente a la más terrible destrucción.

Durante la década del 40, Löwith vivió en los Estados Unidos. Al igual que la mayoría de los intelectuales alemanes exiliados en ese país, expresó en general un rechazo profundo por sus costumbres, si bien las medidas en torno al exterminio de los judíos en su tierra natal lo separaban de ella. En esos años, se dedicó a una crítica de la filosofía de la historia que quedaría plasmada en El sentido de la historia. Implicaciones teológicas de la filosofía de la historia, de 1949.

En 1932, Löwith escribió: "lo que hoy en día, bajo el nombre de filosofía de la existencia, determina la problemática de la filosofía en general procede históricamente de la ruptura con la época de la filosofía que en su última etapa está marcada por la culminación del idealismo alemán en Hegel. En la hegeliana culminación consciente de una tradición de más de dos mil años se manifiesta un fin, y con él, la necesidad de un nuevo comienzo de la filosofía".

Luego de su regreso a Alemania, volvió a retomar estas ideas, sosteniendo una equivalencia entre existencialismo y modernidad: "No podemos elegir no ser modernos (...) Mientras no intentemos someter al hombre moderno y al mundo moderno a una crítica radical, o sea, a una crítica que afecte sus principios coordinativos, seguiremos siendo existencialistas, capaces de preguntar la pregunta más radical, ¿Por qué hay ente y no más bien la nada?, pero constitutivamente incapaces de contestarla".

La inevitable presencia del viejo maestro volvía sobre sus espaldas. Heidegger, como un espectro de los devenires intelectuales del siglo XX, todavía era una figura ineludible. De allí la justeza de la siguiente afirmación de Löwith: "Es inevitable moverse dentro del círculo mágico del lenguaje de Heidegger, lo que no implica, sin embargo, sucumbir a su hechizo"