Jacques Rancière
El malestar en la estética

El malestar en la estética, recientemente editado en nuestro país, es, por supuesto, un libro sobre teoría estética, pero, siendo su autor Jacques Rancière, es también un tratado político, en la medida en que para el filósofo francés es imposible pensar ambos ámbitos de modo separado en la época moderna.

Hace varias décadas, indica Rancière, que unánimemente se registra una crisis de la estética, de modo que “casi no pasa un año sin que una nueva obra proclame o el fin de su era o la perpetuación de sus fechorías”. Esta denuncia, en verdad, no está dirigida a un acontecimiento nuevo sino a una de las características que acompaña a este “régimen de identificación específica del arte” al  menos desde la aparición de las primeras vanguardias: la puesta en crisis de la separación de los objetos artísticos de los de la vida cotidiana. No se trata entonces de desatar ese nudo, de denunciar la confusión en pos de un orden inexistente, sino de extremar sus complejidades en tanto reflexión sobre las condiciones de la experiencia sensible y artística. Bajo esta perspectiva, la estética puede entenderse como una política.

Desde el lado de la obra de arte, existe una contradicción originaria: la obra, que liberada ya de las funciones que cumplía en el pasado, se encuentra separada del resto de las cosas, promete, al mismo tiempo, la transformación del mundo a través de sus múltiples dimensiones: el juego, la belleza, el compromiso político; pero el mismo cumplimiento de esa promesa de redención conduciría inevitablemente a la disolución del arte en la esfera social, a la renuncia de su autonomía. El arte crítico se vale de esa productiva tensión, que por un lado lo impulsa hacia la vida y, por el otro, le exige independizarse del mundo de las cosas.

En la actualidad, sin embargo, la potencia de ese choque se encuentra aplacada. La política postula la universalidad de los derechos humanos al mismo tiempo que asiste impávida a su violación sistemática en nombre de la supresión del terror. El arte, a su vez, muestra dos caras igualmente infructuosas: una “modesta”, consensual, en la que aparecen lavados los conflictos y las separaciones a través de discursos y prácticas “multiculturales” o “relacionales”; otra “testimonial”, que opone a la antigua lógica de la representación mimética la imposibilidad general de toda representación: “Si la ética softdel consenso y del arte de la proximidad –escribe Rancière– es la acomodación de la radicalidad estética y política de ayer a las condiciones actuales, la ética hard del mal infinito y de un arte destinado al duelo interminable de la catástrofe irremediable aparece como la estricta inversión de esa radicalidad”.

Estas prácticas se sostienen en una “teología del tiempo”, “la idea de la modernidad como un tiempo destinado al cumplimiento de una necesidad interna, ayer gloriosa y que hoy se ha vuelto desastrosa”. De ese fantasma hay que liberarlas, devolviéndoles al arte y la política su carácter ambiguo, precario y litigioso.

—Publicado originalmente en Revista Ñ el 27 de marzo de 2012.