Cultura de la congestión vs. cultura de la circulación
Koolhaas lee a Le Corbusier

Este artículo busca revisar sucintamente dos modelos de ciudad largamente discutidos y las dos culturas contrapuestas que se derivan de ellos. En primer lugar, el modelo de la ciudad radiante, propuesto por Le Corbusier alrededor de los años treinta como solución para los problemas de higiene, salud y vivienda generados por el exponencial crecimiento de las urbes modernas a partir de la segunda mitad del siglo XIX y que, basado en el “rascacielos cartesiano”, constituyó una defensa de “la cultura de la circulación”. En segundo lugar, el modelo expuesto por Rem Koolhaas en su ya clásico libro Delirious New York de 1978, que rescata el caótico desarrollo urbano acontecido en la isla de Manhattan durante el primer tercio del siglo XX, definiendo “la cultura de la congestión”.  En ambos casos, se trata de arquitectos europeos que pusieron a prueba sus ideas en las ciudades americanas. Su contacto con esta realidad extraña repercutió fuertemente sobre sus concepciones, transformándolas y enriqueciéndolas.

El maquinismo como catástrofe y como milagro: las conferencias de Le Corbusier en Buenos Aires

Le Corbusier dictó diez conferencias en la ciudad de Buenos Aires a fines de 1929. El tema central del ciclo fue el restablecimiento de la armonía entre el hombre moderno y su entorno, armonía que, según Le Corbusier, se encontraba quebrada debido al “despilfarro”, a la “ineficacia”, y a la “parálisis” [1] que enviciaban la constitución de la vivienda moderna. Este conflicto en el ámbito hogareño no era sino el correlato del mismo conflicto a escala urbana y las soluciones en uno y otro espacio eran similares. En ambos casos, se trataba de combatir las trabas mencionadas a partir de la estimulación de la circulación. En lo que respecta a la vivienda, a través de la liberación del suelo por medio de los pilotes, el mejoramiento de la iluminación interior natural reelaborando la fachada como “panel de cristal” compuesto por ventanas longitudinales y la resignificación de los tejados a través de la incorporación de jardines. En el ámbito de la ciudad, valiéndose de estos mismos recursos para la circulación de los peatones, del transporte ligero y pesado y para la creación de espacios verdes que estimularan la renovación y circulación de aire y personas. Las construcciones adecuadas para estos fines eran los rascacielos racionales, dispuestos regularmente sobre grandes jardines cubiertos de árboles, condensando los usos privados y públicos y conduciendo a la desaparición de la calle en sentido tradicional y a su reemplazo por “verdaderos ríos de circulación”. En el discurso de Le Corbusier, toda la disciplina arquitectónica y urbanística quedaba así redefinida de acuerdo a estos principios: “la arquitectura –sostuvo en Buenos Aires– es circulación”. [2]

El problema de la calle es, en este contexto, central. El tema fue tratado en la conferencia sobre “El plan ‘Voisin” de Paris”. [3] La disertación comienza categóricamente: “Hay que matar la ‘calle-pasillo’ (la rue corridor)”. Y continúa, “las calles-pasillo hacen las ciudades-pasillo. Toda la ciudad son pasillos”. Esta es la tragedia de las ciudades europeas, condenadas por sus trazados medievales, pero también la de algunas americanas, presas de la cuadrícula colonial. Frente a esta situación, la única solución posible para Le Corbusier es el urbanismo “quirúrgico”, aquel que interviene drásticamente sobre la trama urbana y que no se detiene en reparaciones decorativas o de embellecimiento. La era de la maquina había creado el gran flagelo contemporáneo, el crecimiento irracional de las grandes ciudades y la congestión; pero, al mismo tiempo, ella misma generó las condiciones para su erradicación por medio de la arquitectura ingenieril. “El asunto ha de desarrollarse por sí mismo: causa, el maquinismo; efecto desastroso, el maquinismo; nuevas bases de urbanismo, el maquinismo; milagro de la solución, el maquinismo”. [4] El modelo de esta intervención, supuestamente aplicable en cualquier contexto urbano, es el plan Voisin (1922-1925) de París y su grande percée.

Sistematización de estos principios en la Carta de Atenas

Si bien constituye un compendio de las ideas debatidas en el Congreso de Atenas de 1933, organizado por los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna y dedicado a la ciudad funcional, el texto de la Carta de Atenas recién fue publicado en 1942, “durante el período de opresión y de rechazo de la profesión (arquitectura y urbanismo)”, tal como lo describe Le Corbusier en el prólogo a la edición de 1957.

Los problemas tratados en Buenos Aires aparecen allí recopilados y sistematizados: “la circulación –indica el texto– se ha convertido hoy en una función primordial de la vida humana”. Y continúa: “En los sectores urbanos congestionados, las condiciones de habitabilidad son nefastas por falta de espacio suficiente para el alojamiento, por falta de superficies verdes disponibles y, finalmente, por falta de cuidados de mantenimiento para las edificaciones (explotación basada en la especulación)”. [5] Las soluciones para este problema son: el sol, la vegetación y el espacio, mediados por una operación de zonificación que asigna a cada función y a cada individuo su lugar adecuado y que indica la primacía de las construcciones altas situadas a gran distancia unas de otras, liberando de esta manera el suelo para sectores verdes. La condición para que este plan tenga sentido es la separación extensa entre los rascacielos. De no cumplirse, la acumulación de grandes edificios sólo agravaría el problema. Y este es precisamente “el gran error cometido en las ciudades de las dos Américas”. [6]

Le Corbusier en “el país de los tímidos”

Le Corbusier viajó por primera vez a los Estados Unidos en 1935. Su visita fue patrocinada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York y sirvió para promocionar sus ideas a través de varias conferencias, exhibiciones y reuniones con diversos actores sociales. Dada su particular tipología, su riqueza económica y su pujanza creativa, Le Corbusier esperaba que Manhattan funcionara como el ámbito ideal para aplicar sus ideas sobre la ciudad. Sus expectativas fueron defraudadas, ya que la tournée, a pesar de la gran cantidad de encuentros y reuniones, no produjo ningún encargo o proyecto concreto. De allí la concepción, incluida en el subtítulo de su libro Cuando las catedrales eran blancas, de los Estados Unidos como “el país de los tímidos”, aquel que posee las condiciones, debido tanto al poderío tecnológico como a la falta de condicionamientos de un trazado medieval en sus ciudades, pero que no se anima a llevar adelante la necesaria transformación radical del espacio urbano.

El diagnóstico de Le Corbusier sobre Manhattan sigue la línea de sus anteriores escritos: “siete millones de seres humanos se encuentran atados a las cadenas de Nueva York” pero un “plan justo” puede convertirla “en la ciudad de los tiempos nuevos”. [7] El problema de la ciudad, sostiene frente a los periodistas que lo abordan en el MoMA, es que sus rascacielos “son demasiado pequeños”. De este modo, quedan tipificados dos modelos de edificación: por un lado, los “rascacielos neoyorquinos”, irracionales, destructores, multiplicados infinitamente en el territorio, amuchados unos con otros, creadores de hacinamiento y congestión; por el otro, el “rascacielos cartesiano”, regular, sin recortes ni escalonamientos, esparcido en el territorio y rodeado de espacios verdes que favorecen la circulación.

Luna Park en Coney Island (1904)

Luna Park en Coney Island (1904)

De Coney Island a Manhattan: los fundamentos de la cultura de la congestión

El libro de Rem Koolhaas Delirio de Nueva York puede ser considerado una suerte de anti-Corbusier. Concebido como un “manifiesto retroactivo para Manhattan” el texto explicita sus intenciones desde el comienzo:

“El manhattanismo es la única ideología urbanística que se ha alimentado, desde su concepción, de los esplendores y las miserias de la condición metropolitana (la hiperdensidad) sin perder ni una sola vez su fe en ella como fundamento de una deseable cultura moderna. La arquitectura de Manhattan es un paradigma para la explotación de la congestión (…) Con Manhattan como ejemplo, este libro es un plan para una ‘cultura de la congestión’”. [8]

Según Koolhaas, el manhattanismo tuvo su incubadora de mitologías y temas en Coney Island entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, ya que la pequeña isla funcionó en esos años como una suerte de laboratorio que testeó soluciones que luego serían aplicadas en la isla mayor. ¿Cuáles son los elementos que entraron en juego en ese paraíso del deleite y la diversión que se proponía ser Coney? En primer lugar, una actitud desprejuiciada que tiñó todas las intervenciones edilicias: “en una risueña imagen especular de la seriedad con la que el resto del mundo está obsesionado con el progreso, Coney Island se enfrenta al problema del placer, a menudo con los mismos medios tecnológicos”. [9] Consecuentemente, imperó la experimentación, permitida, e incluso alentada, en la edificación de atracciones turísticas y decorados pintorescos –entre ellos, viajes a la Luna, aldeas enanas, selvas artificiales y circos exóticos– que se sustentaba en esa “tecnología de lo fantástico”.  Estas construcciones terminaron configurando una “ciudad mágica” y convirtiendo a la zona en un “semillero de prototipos arquitectónicos revolucionarios”, repleto de un conjunto de infraestructuras complejas y sofisticadas al servicio del esparcimiento: torres, agujas, globos, elevadores, iluminaciones eléctricas.

Para la segunda década del siglo XX, cuando este período fundacional se agotó, sus impulsores trasladaron sus intereses a la misma isla de Manhattan: “La parafernalia de la ilusión que acaba de subvertir la naturaleza de Coney Island hasta transformarla en un paraíso artificial (electricidad, aire acondicionado, tuberías, telégrafos, vías y ascensores) reaparece en Manhattan como una parafernalia de la eficacia para que el espacio en bruto se convierta en conjuntos de oficinas”. [10] En este espacio carente de toda reglamentación, ideología o teoría, los rascacielos –edificios preparados para absorber y concentrar en su interior todas las funciones, creando la máxima congestión en todos los niveles posibles; lugares caóticos, de ensueño, empapados del imaginario y las experiencias de Coney–, predominaron como el gran instrumento urbanístico. El lenguaje resultante de este “urbanismo metafórico”, aplicado sobre la retícula de Manhattan, constituye el fundamento de la “cultura de la congestión”, “la cultura del siglo XX”. [11]

El Rockefeller Center es para Koolhaas el máximo exponente de esta “teoría tácita” del manhattanismo. Es un emplazamiento único que reúne una infinidad de programas diferentes y los comunica por medio de los ascensores, los núcleos de servicios y la envoltura externa: desde los jardines colgantes hasta los accesos al metro del subsuelo, pasando por el edificio RCA y el Radio City Music Hall. Si bien la influencia del movimiento moderno se hace notar en la fisonomía del proyecto, “Hood y los Associated Architects [responsables de la construcción] son representantes, en primer lugar, del manhattanismo; y sólo en segundo lugar, del movimiento moderno (…) Hood siempre defiende el ‘urbanismo de la congestión’ y su carácter hedonista, frente al ‘urbanismo de las buenas intenciones’ de talante puritano”. [12]

La “conquista de Nueva York” de Le Corbusier relatada por Koolhaas

“La ambición devoradora de Le Corbusier es inventar y construir una ‘nueva ciudad’ acorde con las exigencias y el esplendor potencial de la civilización maquinista.

Su trágica mala suerte es que tal ciudad ya existe cuando él desarrolla su ambición: es, concretamente, Manhattan.

La tarea de Le Corbusier está clara: antes de que pueda parir la ciudad de la que está embarazado, tiene que demostrar que todavía no existe. Para establecer la primogenitura de su retoño, tiene que destruir la credibilidad de Nueva York, acabar con el glamoroso destello de su modernidad. A partir de 1920, lucha simultáneamente en dos frentes: hace una campaña sistemática de ridiculización y difamación contra el rascacielos norteamericano y su hábitat natural; y, al mismo tiempo, lleva a cabo la operación paralela de proyectar realmente el anti-rascacielos y el anti-Manhattan”. [13]

Así relata Koolhaas el episodio de la visita de Le Corbusier a la isla. Como consecuencia de este complicado acercamiento, este último habría descalificado de manera terminante el modelo Manhattan, pero secretamente se habría alimentado de sus edificios, de su “pragmatismo, eficacia y racionalidad”. Intentando demostrar que Manhattan todavía no es una ciudad moderna, Le Corbusier criticó la estrechez de sus rascacielos-agujas, su apiñamiento y la consiguiente carencia de luz y aire: la incontrolable invención de los entrepeneurs neoyorquinos sólo podía ser vista por un humanista europeo como un gran caos pidiendo una ordenación. Le Corbusier no habría llegado a captar la esencia del manhattanismo ya que intentó entenderlo desde su perspectiva europeizante, mientras que “la arquitectura de Manhattan no puede medirse con instrumentos convencionales porque éstos proporcionan lecturas absurdas”. [14]

Algunas consideraciones finales

A partir de todos estos elementos, es posible hacer algunas breves consideraciones:

Cabe notar que mientras que el urbanismo “quirúrgico” de Le Corbusier necesita del Estado como garante último para su concreción, los proyectos del manhattanismo rescatados por Koolhaas son todos iniciativas privadas, dirigidos por self made men y realizados al margen de la intervención estatal. En la Carta de Atenas se ataca puntualmente a este tipo de proyectos: “el predominio de la iniciativa privada, inspirada por el interés personal y el hambre de la ganancia, se halla en la base de este lamentable estado de cosas”. [15]

Koolhaas, por su parte, ve una suerte de ensañamiento, producto de una incomprensión total o de la frustración de ver sus proyectos ya realizados por otros, de parte de Le Corbusier frente a la ciudad de Nueva York. Respecto de esta actitud, encontramos también en la Carta de Atenas un llamativo detalle que, si bien no es mencionado por Koolhaas, reafirma el espíritu de su crítica: en todo el cuerpo principal del texto, la única ciudad que aparece nombrada explícitamente es la de Nueva York, con el fin de señalar “una situación abocada a la catástrofe”. Cuando se llega a la conclusión del texto, se informa que para redactar el documento fueron analizadas treinta y tres ciudades de todo el mundo. Curiosamente, Nueva York no figura entre ellas. Sin siquiera ser estudiada con los “métodos científicos” de los CIAM, la isla de Manhattan, condenada sin juicio previo, es el paradigma de la catástrofe urbana mundial.

Ahora bien, la relación de Le Corbusier con Nueva York es en realidad, bastante más compleja de lo que Koolhaas plantea y no todos sus comentarios sobre la metrópolis son tan esquemáticos. Por ejemplo, en un pasaje denomina a la isla “la catástrofe mágica”. Más adelante la llama “una ciudad del universo, la primera ciudad construida a escala de los tiempos modernos” y reformula la primera sentencia para afirmar: “Manhattan, catástrofe mágica, pero laboratorio de los tiempos nuevos”. [16] Cabe entonces la pregunta: ¿no es precisamente el hecho de ser “laboratorio de los tiempos nuevos” la característica central del manhattanismo rescatado por Koolhaas? Quizás entonces, ambas concepciones compartan este punto en común, que pone de manifiesto la importancia que tuvieron las metrópolis americanas consideradas como laboratorios en dos momentos de experimentación y reformulación de los modelos europeos de ciudad durante el siglo XX.

Notas:
[1] Le Corbusier, “Las técnicas son la base misma del lirismo”. Conferencia dictada en la asociación “Amigos de las Artes” de la ciudad de Buenos Aires, el 5 de octubre de 1929, en Precisiones respecto a un estado actual de la arquitectura y del urbanismo, Barcelona, Ediciones Apóstrofe, 1999, p. 59.
[2] Ibid., p. 64.
[3] Le Corbusier, “El plan ‘Vosin’ de Paris”. Conferencia dictada en la asociación “Amigos de las Artes” de la ciudad de Buenos Aires, el 18 de octubre de 1929, en op. cit., pp. 193-237.
[4] Ibid., p. 211.
[5] Le Corbusier, Principios de Urbanismo. La Carta de Atenas, Barcelona, Editorial Ariel, 1999, p. 39.
[6] Ibid., p. 63.
[7] Ibid., p.66.
[8] Rem Koolhaas, Delirio de Nueva York, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, 2004, p. 10.
[9] Ibid., p. 32.
[10] Ibid., p. 87.
[11] Ibid., p. 125.
[12] Ibid., p. 204.
[13] Ibid., p. 249.
[14] Ibid., p. 178.
[15] Le Corbusier, Principios de urbanismo, p. 114.
[16] Le Corbusier, Cuando las catedrales eran blancas, p. 128, 134 y 249.