Acerca de Gustave Doré

Gustave Doré nació en Estrasburgo en 1832 y murió en París en 1883. La referencia espacial y temporal no es, en este caso, como no lo es en casi ningún otro, superflua: su vida adulta se desarrolló en un momento particularmente conflictivo de la historia moderna francesa, que incluyó la instauración del Segundo Imperio, el estallido de la Guerra con Prusia y el resurgimiento del espíritu revolucionario plasmado en la Comuna.

La obra de Doré, pero también su vida, refleja, traduce y, al mismo tiempo, produce la sensibilidad artística de su época; una sensibilidad que trabajosamente hacía pie en medio del surgimiento de la industria moderna, los conatos de restauración monárquica, las tendencias opuestas hacia el romanticismo y el realismo y la transformación radical de las bellas artes por parte de las primeras experiencias de reproducción y difusión masivas. Es la era de Charles Baudelaire y de Gustave Eiffel, de Jean-François Millet y de Honoré Daumier. Doré encarna, quizás como nadie, estas tensiones.

Gustave Doré, Inferno Canto 8 (1861-1868)

Gustave Doré, Inferno Canto 8 (1861-1868)

Doré fue un artista infinitamente prolífico. El Catálogo de la obra completa de Gustave Doré de Henri Leblanc señala que el número total de dibujos, cuadros y esculturas ejecutados por el artista es de 11.013. De ese total, 9.850 son ilustraciones de libros y periódicos. Esa increíble capacidad de trabajo nunca estuvo reñida con la exposición pública: con apenas quince años, la casa Aubert de París le ofreció la publicación de Los trabajos de Hércules, su primer álbum de litografías a la pluma. A partir de allí, trabajó durante varios años para las publicaciones más importantes del país y paralelamente desarrolló su primer gran proyecto clásico: la ilustración de El Infierno de Dante. En 1861, el libro fue publicado y se transformó inmediatamente en un éxito, obteniendo Doré como consecuencia el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor francesa. En 1868, completó el ciclo dedicado a Dante con la publicación conjunta de El Purgatorio y El Paraíso.

Al momento de su publicación, las imágenes de El Infierno causaron un efecto inmediato. La Revue des Deux Mondes, por ejemplo, dedicó treinta páginas de su edición del 15 de noviembre de 1861 a comentar la reciente edición y, en particular, el trabajo de Doré. El artículo en cuestión se titula “Una interpretación pintoresca de Dante” y constituye un documento relevante al momento de evaluar la recepción de la obra de Doré por parte de sus contemporáneos. Su autor, Émile Montégut, sostiene que el volumen “es uno de los más espléndidos homenajes que se hayan jamás realizado a la ilustre memoria” de Dante. Y agrega, “no hay más que elogios que brindar a los cuidados y a la vigilancia con los que ha sido lograda esta importante publicación, verdaderamente digna del poeta que pretende honrar, del joven artista cuyo renombre decididamente está destinado a fundar y de los lectores de elite capaces de sentir y de apreciar las cosas bellas”. A tono con otras crónicas de la época, Montégut destaca la capacidad de Doré para fundirse con el tema elegido, para sumergirse en el universo del autor y en el espíritu del texto, logrando una obra al mismo tiempo fiel al original e innovadora.

Quizás incluso más en la actualidad, impacta el modo en que los trabajos de Doré ilustran los temas clásicos de La Divina Comedia con una impronta absolutamente personal, repleta de elementos románticos, oníricos y fantasiosos propios de los siglos XVIII y XIX y constituyen, al mismo tiempo, un complemento visual que se amolda naturalmente al texto tardo-medieval. Impresiona también desde nuestra mirada contemporánea el modo en que esta imbricación se ha solidificado a lo largo de los casi ciento cincuenta años trascurridos desde su publicación original, de manera tal que nos resulta casi imposible hoy hacernos una imagen visual del texto que no remita a las ilustraciones de Doré, completamente incorporadas a nuestra concepción del imaginario de Dante.

Gustave Doré, Inferno Canto 32 (1861-1868)

Gustave Doré, Inferno Canto 32 (1861-1868)

Emile Zola, por su parte, criticó a Doré por “vivir en un país ideal” y por “no ver más que sus propios sueños”. “Es ciertamente uno de los artistas más singularmente dotados de nuestra época –escribió–; podría ser uno de los más vivaces, si quisiera concentrar sus fuerzas en el estudio de la naturaleza verdadera y poderosa, mucho más grande que todos sus sueños”. Igualmente, consideró que Doré fue un gran visionario, “el más maravilloso improvisador del lápiz que haya existido” y admitió que su juicio era el de “un realista sobre un idealista”.

En relación a este comentario, cabe remarcar que, como ha sido mencionado, Doré trabaja con elementos típicos de la teoría romántica del arte. Entre ellos, es posible destacar claramente dos: el intento de armonizar la simbología cristiana con la de la Grecia clásica y la fascinación por los relatos populares que constituyen las mitologías nacionales modernas. Es realmente descriptivo de la situación del arte en el siglo XIX el hecho de que estas búsquedas ya no son realizadas por algún tortuoso joven encerrado en una torre medieval cubierta de enredaderas y apartada del mundo, sino que son llevadas adelante, con extraordinario talento y genialidad, por un activo animador del incipiente mercado artístico, merecedor de cuantiosos contratos y socialité de la vida parisina.